Del hambre a la cima del poder: la historia del hijo de doña Lindu
Con su trayectoria vital y política tan singular y épica, el hijo de doña Lindu acaba de ser elegido por cuarta vez presidente de Brasil y vuelve a convertirse en una figura central de la política internacional a los 80 años. Luiz Inácio Lula da Silva protagoniza un nuevo capítulo de una historia que parece escrita para el cine: la del niño que conoció el hambre, el obrero que perdió un dedo en una fábrica, el sindicalista que desafió a una dictadura, el presidente que conoció la cárcel y el dirigente que, después de caer, consiguió regresar al poder.La infancia de Lula da Silva puede resumirse en una secuencia cinematográfica. En diciembre de 1952, cuando tenía apenas siete años, pasó trece días y trece noches atravesando Brasil en la parte trasera de un camión de migrantes, junto a sus hermanos, con bizcochos, harina y agua como único alimento. Su madre, doña Lindu, los había sacado de Caetés, en el nordeste del país, en busca de una vida un poco mejor, o quizá un poco menos mísera, siguiendo también el rastro de Aristides, el padre de Lula, que había marchado a la región de São Paulo y formado otra familia.
La travesía los condujo hasta el litoral paulista. Allí, como en tantos hogares de migrantes, la esperanza de una vida distinta se enfrentó rápidamente con la crudeza de la pobreza. La familia tuvo que sobrevivir con trabajos precarios y privaciones. Doña Lindu se convirtió en el sostén afectivo y material de sus hijos, una mujer cuya fortaleza dejaría una marca indeleble en la personalidad del futuro presidente.
Lula nació el 27 de octubre de 1945 en Garanhuns, estado de Pernambuco. Fue uno de los ocho hijos de Aristides Inácio da Silva y Eurídice Ferreira de Mello, conocida popularmente como doña Lindu. En su infancia vendió productos en la calle, trabajó como limpiabotas y pasó por distintos empleos antes de ingresar en el mundo industrial. A los 14 años comenzó su formación como tornero mecánico en el Servicio Nacional de Aprendizaje Industrial (SENAI), una capacitación que le abrió las puertas de las fábricas y le permitió conocer desde adentro las condiciones de vida de la clase trabajadora. Sin embargo, como sucede en tantas vidas, la esperanza se entrelaza con la tragedia, muchas veces sin transición alguna.
En uno de sus primeros trabajos como tornero, Lula sufrió un accidente que le costó el dedo meñique de la mano izquierda. Trabajaba durante la madrugada cuando una prensa le atrapó la mano. El cansancio de la jornada, un descuido y la fatalidad cambiaron su vida laboral para siempre.
La intervención médica terminó con la amputación del dedo. Lula recibió una indemnización por el accidente y destinó parte del dinero a mejorar las condiciones de su hogar, entre ellas, amueblar la cocina de su madre. Pero aquella experiencia también lo acercó al mundo sindical: ante el intento de un abogado de quedarse con parte de la compensación, encontró respaldo en un representante legal vinculado al sindicato.
Aquel episodio fue mucho más que un accidente de trabajo. En su propia experiencia, Lula comenzó a descubrir que un trabajador aislado tenía pocas herramientas para defenderse, mientras que la organización colectiva podía cambiar esa relación de fuerzas. La política todavía no era el destino que imaginaba, pero empezaba a convertirse en una posibilidad concreta.
El nacimiento de un dirigente obrero
En las fábricas del cinturón industrial de São Paulo, Lula encontró el escenario en el que comenzaría a construir su identidad política. A fines de la década de 1960 se incorporó a la actividad sindical y fue creciendo dentro de una organización que representaba a miles de metalúrgicos.
En 1975 fue elegido presidente del Sindicato de los Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema. Tenía capacidad para hablarles a los trabajadores con un lenguaje directo, sin las formalidades de la política tradicional. Conocía sus preocupaciones porque había compartido sus jornadas, sus salarios insuficientes y sus incertidumbres.
Brasil vivía entonces bajo una dictadura militar. En ese contexto, las huelgas obreras de fines de los años setenta se convirtieron en una de las expresiones más importantes de resistencia social. Lula encabezó movilizaciones multitudinarias que reclamaban mejoras salariales y mejores condiciones de trabajo. Su figura adquirió una dimensión nacional y comenzó a trascender el ámbito sindical.
El régimen respondió con persecuciones y detenciones. En 1980, Lula fue arrestado durante la represión contra el movimiento obrero. Pero ese mismo año participó, junto con sindicalistas, intelectuales y dirigentes sociales, en la fundación del Partido de los Trabajadores (PT).
El dirigente metalúrgico comenzaba a recorrer el camino que lo llevaría desde las asambleas fabriles hasta el Palacio del Planalto, sede de la Presidencia brasileña.
También participó en las grandes movilizaciones por la recuperación de las elecciones presidenciales directas, conocidas como Diretas Já, y en la construcción de la Central Única de los Trabajadores (CUT). En 1986 fue elegido diputado federal constituyente por São Paulo, con la mayor votación de aquella elección. Su carrera política había comenzado formalmente.
Tres derrotas antes de la primera victoria
El camino hacia la Presidencia estuvo lejos de ser una marcha triunfal.
En 1989, cuando Brasil celebró sus primeras elecciones presidenciales directas después de casi tres décadas, Lula fue candidato del PT y llegó a la segunda vuelta, pero perdió frente a Fernando Collor de Mello.
Volvió a intentarlo en 1994 y 1998. En ambas oportunidades fue derrotado por Fernando Henrique Cardoso. Tres candidaturas presidenciales y tres derrotas que habrían podido cerrar la carrera de cualquier dirigente. Para Lula, en cambio, fueron años de construcción política, ampliación de alianzas y aprendizaje electoral.
La cuarta candidatura fue la decisiva.
En octubre de 2002, Lula derrotó a José Serra en la segunda vuelta y obtuvo cerca de 53 millones de votos. El 1 de enero de 2003 asumió la Presidencia de Brasil. El obrero que había conocido la pobreza desde la infancia llegaba al máximo cargo institucional de la principal potencia de América Latina.
Su llegada al poder tuvo un fuerte valor simbólico. Para millones de brasileños, representaba la posibilidad de que una persona surgida de los sectores populares pudiera alcanzar la Presidencia sin renunciar a su historia de origen.
Los años del poder y la proyección internacional
Durante sus dos primeros mandatos, entre 2003 y 2010, el gobierno de Lula impulsó políticas sociales destinadas a combatir la pobreza, amplió los programas de transferencia de ingresos y promovió la valorización del salario mínimo. Bolsa Família se convirtió en uno de los instrumentos emblemáticos de su gestión.
En esos años, Brasil experimentó una expansión económica favorecida, entre otros factores, por el crecimiento del comercio internacional y la demanda de materias primas. El aumento del empleo, la ampliación del consumo y la reducción de la pobreza contribuyeron a mejorar las condiciones de vida de numerosos sectores sociales.
El balance de aquel período también estuvo atravesado por controversias políticas y escándalos de corrupción que afectaron al PT y a integrantes del gobierno. La trayectoria presidencial de Lula no puede entenderse sin considerar tanto los resultados de sus políticas sociales como las críticas y los cuestionamientos que marcaron su administración.
Al concluir su segundo mandato, en enero de 2011, dejó el Palacio del Planalto con elevados índices de aprobación y respaldó la candidatura de Dilma Rousseff, quien lo sucedió en la Presidencia.
Durante los años siguientes, Lula mantuvo una presencia política importante, aunque su carrera ingresaría en una de las etapas más difíciles y controvertidas de su vida.
La cárcel, la caída y el regreso
A partir de las investigaciones de la Operación Lava Jato, Lula fue condenado en procesos por corrupción y lavado de dinero. En abril de 2018 ingresó en prisión y permaneció detenido durante 580 días, hasta noviembre de 2019.
Su encarcelamiento tuvo consecuencias políticas profundas. Lula quedó fuera de la elección presidencial de 2018, ganada por Jair Bolsonaro, mientras Brasil atravesaba una etapa de fuerte polarización. Sus seguidores denunciaron una persecución política; sus adversarios defendieron la actuación judicial. El caso dividió a la sociedad brasileña y tuvo repercusión internacional.
En 2021, el Supremo Tribunal Federal anuló sus condenas por cuestiones de competencia judicial y confirmó la parcialidad del juez Sérgio Moro en uno de los procesos. La decisión restituyó sus derechos políticos y le permitió volver a competir electoralmente. La anulación de las condenas, sin embargo, no equivale a una declaración general de inocencia sobre todas las acusaciones que se habían formulado en su contra.
Lula regresó a la campaña presidencial en 2022 y derrotó a Bolsonaro en una segunda vuelta extremadamente polarizada. El 1 de enero de 2023 asumió por tercera vez la Presidencia de Brasil, con la promesa de reconstruir políticas sociales, defender las instituciones democráticas y recuperar el protagonismo internacional del país.
Pero su historia todavía tenía reservado otro capítulo.
Una nueva victoria a los 80 años
El 25 de octubre de 2026, Lula volvió a imponerse en las urnas. Después de haber quedado segundo en la primera vuelta, protagonizó una remontada electoral y derrotó a Flávio Bolsonaro en el balotaje, en una elección que volvió a mostrar las profundas divisiones de la sociedad brasileña.
El resultado lo convierte en el primer presidente brasileño elegido cuatro veces para ejercer mandatos no consecutivos. Su nuevo período comenzará en enero de 2027 y se extenderá hasta 2030.
La victoria adquiere una dimensión singular por la edad del mandatario, que cumplirá 81 pasado mañana, apenas dos días después de la elección. También por el recorrido que lo llevó hasta allí: cuatro triunfos presidenciales después de tres derrotas iniciales, una detención que parecía haber puesto fin a su carrera y un regreso que lo devolvió al centro de la escena política.
El hombre detrás del presidente
La historia de Lula da Silva reúne algunos de los grandes contrastes de la política contemporánea: pobreza y ascenso social, movimiento obrero y poder institucional, políticas de inclusión y controversias judiciales, liderazgo internacional y enfrentamiento político interno.
Su trayectoria no admite una lectura simplista. Para sus seguidores, representa la posibilidad de transformar las condiciones de vida de los sectores más vulnerables y de recuperar la dignidad de quienes históricamente quedaron al margen. Para sus críticos, su legado debe examinarse también a la luz de los escándalos de corrupción, las decisiones de sus gobiernos y las dificultades que enfrenta Brasil.
Ambas dimensiones forman parte de una historia que todavía se está escribiendo.
De aquel niño que atravesó el país en la parte trasera de un camión, acompañado por su madre y sus hermanos, al hombre que acaba de conquistar por cuarta vez la Presidencia, hay un recorrido extraordinario, aunque no exento de contradicciones. Lula convirtió su origen humilde en una parte central de su identidad política y construyó, a partir de esa experiencia, una relación con millones de brasileños que sobrevivió a derrotas, crisis y adversidades.
Doña Lindu murió en 1980, antes de que su hijo llegara por primera vez a la Presidencia. No pudo verlo recibir la banda presidencial ni presenciar los sucesivos regresos que marcaron su carrera. Pero su presencia atraviesa toda la historia: en el niño que emigró en busca de alimento, en el trabajador que conoció la dureza de la fábrica y en el dirigente que hizo de sus orígenes una bandera.
Quizá allí resida una de las claves para comprender a Lula. Antes que presidente, fue aquel hijo que acompañó a su madre en una travesía de hambre y esperanza. Más de siete décadas después, el mundo vuelve a mirar a ese mismo hombre, convertido otra vez en protagonista de la historia.
La política le ofreció derrotas, poder, cárcel y una nueva oportunidad. Y Lula, una vez más, regresó a las urnas para demostrar que su historia todavía no había terminado.
DIARIOCRONICA