Boca hizo lo que tenía que hacer. Sin brillar, pero con autoridad, venció a Gimnasia de Chivilcoy y se metió en la próxima ronda de la Copa Argentina. En una competencia que no admite descuidos y que en el pasado reciente le dio dolores de cabeza, el equipo de Claudio Úbeda evitó cualquier sorpresa y resolvió la historia con un protagonista claro: Adam Bareiro.
El paraguayo firmó un doblete en su primer partido como titular y dejó sensaciones más que positivas. Se movió con naturalidad dentro del área, atacó los espacios con decisión y mostró esa voracidad típica del nueve que vive del gol. Más allá de las facilidades que ofreció el rival, Bareiro jugó enchufado, activo y con una confianza que contagió.
El partido no tuvo equivalencias reales. Desde el inicio, Boca monopolizó la pelota y buscó fluidez en la circulación, algo que no siempre consigue en la Liga Profesional. Braida, Pellegrino y Janson conectaron bien en ofensiva y generaron constantes desbordes ante una defensa que corría detrás de las jugadas sin encontrar referencias claras.
En el primer tiempo pudo liquidarlo antes. Bareiro tuvo un mano a mano que el arquero Dormisch salvó con reflejos, hubo un penal a Janson que no prosperó por un offside discutido y hasta un cabezazo de Pellegrino que explotó en el travesaño. Era cuestión de tiempo.
La apertura llegó tras una buena combinación: taco de Braida, centro preciso de Janson y Bareiro, casi cayéndose, empujó el 1-0. Ya en el complemento, un centro largo de Pellegrino encontró nuevamente la cabeza del paraguayo para el 2-0 definitivo, celebrado con un Topo Gigio que desató sonrisas.
Después sobró partido. Boca administró energías y evitó riesgos innecesarios. Figal sostuvo con firmeza desde el fondo y el equipo mantuvo el control sin sufrir.
La clasificación era obligación y se cumplió. Pero más allá del trámite, la noticia fue el nacimiento de una nueva carta ofensiva. En tiempos de dudas, Boca encontró un nueve que parece listo para asumir el desafío. Y eso, en este contexto, vale oro.
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